En cada rincón de Cartago habita una voz que resiste al olvido.
Una voz que ha contado, cantado, reído y llorado con su pueblo.
Esa voz pertenece a nuestros Salvaguardas de la Oralidad, hombres y mujeres que, con su palabra viva, han mantenido encendida la llama de la memoria colectiva.
Durante este proceso de investigación, sus relatos se convirtieron en ríos que nos guiaron por las sendas del pasado, por los mitos y leyendas que explican quiénes somos, por las anécdotas de los barrios, los cafetales y los caminos rurales donde la historia se sigue contando con el corazón.
Hoy los reconocemos como guardianes de la tradición oral cartagüeña, custodios de una herencia intangible que no se escribe en los libros, sino en la voz, el gesto y la mirada.
Su palabra es refugio, enseñanza y testimonio. En cada historia que comparten, hay un pedazo de territorio, un eco de nuestros ancestros, una semilla para las generaciones que vienen.
Los Salvaguardas de la Oralidad son quienes, con humildad y sabiduría, han hecho del contar un acto de resistencia cultural, una forma de sanar, de enseñar y de permanecer.
Gracias a ellos a sus voces —a las que nos precedieron, a las que hoy escuchamos y a las que seguirán narrando nuestro destino—, porque mientras haya quien cuente, la memoria seguirá siendo comunidad.
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